Los vientres de alquiler no pueden normalizarse

Tribunas de Opinión publicada por Gari Durán en El Español (2 de abril de 2023)

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Ha vuelto el tema.

Déjenme que les cuente algo con poco glamur.
En verano de 2014, la prensa internacional se hizo eco de la historia de la joven tailandesa Pattaramon Chambua.
Una pareja australiana la contrató como vientre de alquiler. Se quedó embarazada de gemelos y en una revisión se supo que uno de ellos tenía síndrome de Down.

La pareja le exigió que abortase a ese bebé, pero ella se negó. Tras el parto, los australianos se llevaron al niño «sano» y ella se quedó con el bebé «defectuoso».
La suerte de Gammy (así se llama ese niño) fue que su madre viviese en Tailandia y no en California, Canadá o la Ucrania prebélica. De haber sido así, Chambua se hubiera visto obligada a abortar contra su voluntad porque en ese caso, en el contrato se hubiese especificado claramente que no podía tomar ninguna decisión respecto a los fetos que gestase o sobre cualquier otro aspecto de su vida que, según el criterio de los compradores, tuviese que ver con el embarazo.

Es cierto que el precio de un vientre de alquiler en California o Canadá puede llegar a los 150.000 euros, lejos de los 11.000 que se pagaron en Tailandia en este caso y de los 30.000 que pueden abonarse en la India y otros países del sudeste asiático.

Por supuesto, tanto en la versión premium como en la low cost, lo que perciben las mujeres está muy, muy lejos de cualquiera de esas cantidades (un 0’5% en el mejor de los casos). 

Conocí a Pattaramon Chambua y a su marido en 2016. Ni por asomo se habían arrepentido de su decisión, y parecían felices con Gammy.

Me dirán que hago trampas utilizando este ejemplo, llamémosle negativo, para posicionarme respecto a los vientres de alquiler. Pero lo mismo podría decir de quienes ilustran su opinión o la línea editorial de su periódico o revista con los rostros de felicidad de quienes han logrado cumplir su deseo de una paternidad o maternidad que la naturaleza les negaba.

Y no, no es una situación excepcional. Porque nada lo es en un negocio que mueve más de 6.000 millones de dólares al año en todo el mundo y en el que la clave está en la vulnerabilidad de mujeres con pocos o ningún recurso económico.

Un negocio muy lucrativo que consiste en que quien tiene dinero paga por ser padre, y quien no lo tiene recibe una compensación por ser madre de un hijo al que deberá renunciar.

Advertencia previa. Me da igual si es Ana Obregón quien ha recurrido a esa práctica o si han sido Javier Cámara, Miguel Bosé, Elton John, Ricky Martin o la baronesa Thyssen.

Tampoco me importa que sea la izquierda quien se oponga a ella por mucho que yo no coincida en casi nada con esa opción política. Pero es que no soy sectaria.

Eso sí, no puedo resistirme a denunciar la obvia contradicción de sostener la incontestabilidad del derecho de la mujer a su propio cuerpo en el caso del aborto, y no en el de la posibilidad de alquilar su útero.

De que hablen de «ser humano» cuando se refieren a su compraventa, pero no cuando lo hacen de su asesinato.

Si para la izquierda cualquier deseo (por minoritario que sea) puede convertirse en derecho, y es lícito forzar a la naturaleza para que ese deseo se cumpla por absurdo que sea y por mucho que sus consecuencias sean un despropósito (sí, me refiero a la Ley Trans), me sorprende que se oponga al de quienes, no pudiendo, quieren ser padres.

Pero como diría Pablo Iglesias, en el caso de la izquierda «hay que cabalgar contradicciones».

En cualquier caso (como ocurre, por cierto, con el aborto), al hablar de vientres de alquiler se recurre a eufemismos («maternidad subrogada», «gestación por sustitución») para esconder lo feo, para tapar la realidad. En este caso, la deshumanización de dar por bueno el comercio del cuerpo de la mujer y la compraventa de seres humanos para todo aquel que quiera y esté dispuesto a pagar el precio.

A cambio, este puede exigir (como de hecho ocurre en los países en los que está permitido, y como es lógico en toda transacción comercial), unos estándares de calidad del producto adquirido, empezando por la selección de la madre y finalizando con el niño objeto de la transacción.

Sin embargo, no creo que se pueda reducir la esencia de una mujer a su útero, y convertirlo en un espacio sujeto a compraventa. Tampoco pretender que una mujer se disocie de la experiencia de la maternidad (créanme, es imposible) sólo porque se trata de una transacción comercial.

No creo que el vínculo que se establece entre madre e hijo durante el embarazo se pueda obviar si se trata de un negocio, más o menos consentido. Y creo que es ridículo pretender que no tenga consecuencias en la mujer y en el niño, como si por el hecho de haberse fijado un precio, la maternidad se convirtiese en algo inocuo para ambos.

De hecho, no se trata de una práctica exenta de riesgo, porque la gestación y el parto nunca lo son. Tampoco desde el punto de vista psicológico. Ni para una madre que durante nueve meses lleva en su seno a un hijo al que ha renunciado de antemano, ni, posiblemente, para el niño.

Me dirán que defiendo la adopción cuando se produce un embarazo no deseado y que lo anterior podría aplicarse también a ese hecho. Pero es que en esa situación se trata de salvar una vida a la que, de otro modo, se le va a poner fin. Y ese no es el caso de los vientres de alquiler.

Acabo. Si hay acuerdo entre ambas partes, ¿a quién le importa? Si se regula en España, se evitarán las situaciones de explotación que se dan en otros lugares. Si no lo quieres hacer, no lo hagas, pero no prohíbas a los demás hacerlo. Si la ciencia lo permite, ¿por qué oponerse? Si ya existe, hay que ir con el signo de los tiempos. Eso es lo moderno.

No se engañen. Todas estas consideraciones pueden valer para cualquier práctica, por aberrante que ahora mismo parezca.

Elijan la que más les desagrade. Entonces quizá entiendan por qué no pueden normalizarse los vientres de alquiler.

El apoyo a la familia: una política de Estado

Artículo de Opinión de Luis Peral publicado en el Debate (23 de marzo de 2023)

No sólo el fomento de la natalidad sino otras muchas necesidades familiares dependen de que el apoyo a la familia reciba una adecuada atención dentro del gasto público.

Un avión de combate perseguido por misiles guiados por fuentes de calor debe lanzar señuelos para evitarlos. De igual forma, la izquierda que nos gobierna (por decir algo amable) ha intentado con el debate de las familias numerosas desviar el foco de la opinión pública de sus terribles errores en la ley del ‘sólo sí es sí’, en la ley trans, en el entreguismo al separatismo catalán y a los herederos políticos de ETA, en la nefasta gestión de la Seguridad Social y de los fondos europeos y en tantos otros desaciertos que sin duda le pasarán factura en las diversas elecciones de este año 2023.

De puertas afuera, la izquierda radical y plural menosprecia a la familia, matiza su definición y tiñe de ideología su concepto del grupo humano más primigenio y natural. Ahora bien, cuando se trata de sus propias familias es muy difícil emular el desvelo de algunas personas de esa izquierda en promover su avance económico y social, un desvelo en el que algunos han perjudicado sus propias carreras políticas tras colocar o subvencionar a familiares de sangre o políticos.

Por encima de debates coyunturales y de ocurrencias grotescas (como llamar a la madre de toda la vida «progenitor gestante»), el apoyo a la familia, y en un grado especial a las familias numerosas, debería ser una política de Estado, en la que concurriesen todos los partidos políticos. Es algo imprescindible para hacer frente al reto demográfico, al envejecimiento de la población y a la sostenibilidad del sistema de pensiones, del gasto en sanidad y del estado de bienestar en general.

Así se entendió en Francia, donde, tras décadas de regresión demográfica, se inició en 1938 una política de apoyo a la familia que mantuvieron los sucesivos Gobiernos, cualquiera que fuese su ideología, con resultados muy positivos: la tasa de fecundidad se elevó hasta 2,01 hijos por mujer. Con el presidente socialista François Hollande (2012-2017) ese apoyo a la familia se restringió: se limitaron las subvenciones familiares en función de los ingresos, se redujeron las deducciones fiscales a la familia y los permisos familiares. Sin embargo, la tasa de fecundidad de Francia sigue siendo la más elevada de la Unión Europea, con 1,87 hijos por mujer.

Ilustración: inversion familias
Paula Andrade

También los países escandinavos han apostado por el apoyo a la familia y sus tasas de fecundidad lo acreditan: Suecia 1,76, Dinamarca 1,73 y Noruega 1,56 hijos por mujer (según datos de Eurostat del año 2021). Otros países como Irlanda (1,75 hijos por mujer) mantienen una natalidad elevada. Es destacable cómo varios países que sufrieron la tiranía del comunismo durante más de cuatro décadas están consiguiendo fomentar con éxito la natalidad. Desde 2015 a 2021, la tasa de fecundidad ha aumentado en la República Checa en un 18 por ciento (hasta 1,71 hijos por mujer), en Hungría en un 16 por ciento (hasta 1,55), en Eslovaquia en un 15 por ciento (hasta 1,54) y en Polonia en un 10 por ciento (hasta 1,46).

Frente a estos datos positivos es desolador constatar que la tasa de fecundidad en España ha descendido de 1,32 hijos por mujer en 2015 a 1,26 en 2021, la segunda más baja de la Unión Europea, después de Malta (1,23).

No sólo el fomento de la natalidad sino otras muchas necesidades familiares dependen de que el apoyo a la familia reciba una adecuada atención dentro del gasto público. Según datos de Eurostat del año 2017, las diferencias en este asunto entre los países de la Unión Europea son muy grandes. Mientras Dinamarca destina a familias e hijos un 8,6 por ciento de su gasto público, Polonia un 6,5 por ciento, Suecia un 5 por ciento, Hungría un 4,4 por ciento y Francia un 4,2 por ciento, España es el penúltimo de los 28 países (sólo por delante de Grecia) con un 1,7 por ciento de nuestro gasto público destinado a familias e hijos, menos de la mitad de la media de la Unión Europea (3,8 por ciento).

Revertir el envejecimiento de una nación, evitar el invierno demográfico y garantizar las futuras pensiones y un estado de bienestar sostenible no son objetivos que puedan alcanzarse en un corto plazo. Requieren un esfuerzo mantenido a lo largo de muchos años en el apoyo público a la familia y a la natalidad y que en este compromiso de Estado participen las principales fuerzas políticas de España, sin distinciones ideológicas. Así ocurrió en otros países europeos, donde Gobiernos socialistas impulsaron el apoyo a la familia, comprometidos con el futuro de sus naciones y sin los melindres de género que sufrimos en España.

  • Luis Peral Guerra es economista y abogado

Hijos del Pin

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Gari Durán, Ex Senadora, Portavoz de “Familia y Dignidad Humana”, y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO de Baleares.

Las noches en vela, los gastos que crecen, la preocupación en esa sala de urgencias de un hospital, la angustia de las salidas nocturnas, el lidiar con los silencios o con los reproches, ese vínculo de por vida, el amor incondicional, nada de eso nos hace propietarios de nuestros hijos, cierto, pero ese no es el debate.

No es lo que se plantea con el pin parental, aunque viendo la desproporcionada reacción de la izquierda y la ultra izquierda en el poder –sí, ya sé, también cortina de humo–, a una le dan ganas de reivindicar todo lo anterior y decir que sí, que los hijos son suyos, aunque para la mayoría de los méritos una no tenga las facturas.

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100% madre

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Gari Durán, Ex Senadora, Portavoz de “Familia y Dignidad Humana”, y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO de Baleares.

Que no le gusta al Gobierno valenciano. Que a progres y nacionalistas les desagrada que el Corte Inglés nos pinte, el día del ídem, como una madre 100% abnegada. Que eso sustenta “un modelo de maternidad patriarcal” y que merece abrir un expediente a los grandes almacenes de toda la vida, por si acaso su campaña supone una “infracción de las normas de protección de las personas consumidoras” (antes llamadas consumidores).

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Un futuro que nos mira con esperanza

Primáticos

Javier Puente Redondo. Ex Diputado por Cantabria y Vice Presidente de “Familia y Dignidad Humana”.

Que ha habido y habrá políticas y políticos pesimistas es evidente, porque el pesimismo es la consecuencia inevitable de la pérdida de confianza en la libertad y en la convicción de que, pese a todos nuestros defectos, la mayoría de las personas siempre procuramos alcanzar el mayor bien posible, para nosotros y para nuestros hijos.

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