Sin Dios y, ahora, sin el hombre

Jose Eugenio Azpiroz, Ex Diputado y socio de “Familia y Dignidad Humana”

No creo que precise mucho tiempo y espacio el subrayar el progresivo alejamiento de los hombres de Dios aunque, ciertamente, alguna reflexión debemos realizar para no olvidar que especialmente a partir del racionalismo -con la consecuente exaltación del mundo de lo ideal- se produjo un progresivo abandono de lo natural, de la naturaleza, de lo existente, de lo real. En esta contraposición entre “naturaleza-realidad” con “el pensamiento-lo ideal” derivado este último de una concepción “pienso luego soy/pienso luego existo”, cogito ergo sum, se prioriza lo ideal sobre la real y acaba minusvalorándose lo natural, lo creado, y, en consecuencia, al propio Creador de lo existente.

En esta progresiva difuminación de Dios en la vida de los hombres han concurridos durante los últimos cuatro siglos otros y diversos factores como lo son el materialismo, el individualismo y el relativismo negador de verdades objetivas. En este proceso también se han pronunciado personas de gran honestidad intelectual que, básicamente, han cuestionado la realidad de Dios desde la perspectiva de la imposibilidad de su existencia en cuanto no podría permitir el mal asentado en el mundo: como las guerras, la injusticia, el hambre y la pobreza, la violencia, la tragedia y la desgracia (algo así como si existe el mal no puede existir Dios).

No entraré aquí en la omisión que se hace en ese análisis de no valorar la libertad humana como elemento de elección en nuestras vidas; es decir, como elemento que nos libera de ser meras marionetas teledirigidas por lo hilos de un Dios que nos condicionaría plenamente al impedir grado alguno de libertad y autonomía propios del ser humano. Pero sí quiero subrayar la existencia de personas honestas, sinceras e intelectualmente sólidas que han llegado a hacer suyo el ateísmo. De hecho, no me puedo olvidar del mayor antiteísta del siglo XX y principios del presente, icono durante décadas de la izquierda mundial, Anthony Flew quien, tras la realidad de la guerra, las trincheras, campos de concentración, muerte y desgarro supuso para él causa de increencia y de activismo ateo pero que, sin embargo, no tuvo obstáculo alguno en escribir al final de su vida un libro titulado Dios existe. Libro escrito tras estudiar y analizar los complejos y maravillosos procesos por los que se produce y desarrolla la vida, el desciframiento del ADN, el enorme conocimiento científico sobre el big-bang de la vida, así como de su evolución, y concluir que todo ello no se podía producir por el mero azar sino tras el que había una mente trascendente y superior, Dios, quien finalmente si existía.

Creo que hay que agradecerle su humildad y sinceridad en esta posición permanente de la búsqueda de la verdad. Ante esa posición resulta doloroso y preocupante el hecho de que en las últimas décadas multitud de personas, gran parte de nuestra sociedade, simplemente viven a espaldas de Dios, simplemente viven como si no existiera.

Ante esta grave realidad negadora de nuestra condición de seres creados, por tanto, negadora de la existencia de nuestro Creador, se añade hoy otra que es -en buena medida- su consecuencia: el abandono del hombre por el hombre. Así, hemos pasado de una antropología anti teísta a una antropología anti humanista, paradójicamente de la supuesta liberación humana a la liberación de lo humano.

Me refiero concretamente a los hechos sucedidos en el Congreso de los Diputados, donde se tramita una Proposición de Ley del Grupo Socialista sobre la regulación de la eutanasia. El pasado 10 de septiembre con motivo del debate en pleno de dos enmiendas de totalidad con texto de alternativo una de Vox y la otra del PP -por cierto, con buenas defensas de sus portavoces, brillante la del Dr. Echaniz- donde se planteaba la previa necesidad de dotarnos de un sistema nacional de cuidados paliativos para que las personas con procesos de enfermedades incurables pudieran ser atendidas y eliminados los dolores que sufrían, así como facilitar el apoyo preciso a sus familiares. Lamentablemente resultaron rechazadas y el camino libre de la eutanasia corre ya por una vía parlamentaria sin obstáculo alguno. Aunque en los medios ya se han señalado muchas y razonables críticas quiero, ahora, hacer mis valoraciones y mi pronóstico de las consecuencias que va a plantear. La primera que, aun evidente, se oculta: la eutanasia supone matar a alguien bien directa o bien indirectamente facilitándole los medios precisos. Hace años que repito que matar a alguien no es un derecho de nadie incluso aunque nos lo pidan y nuestra compasión nos pueda sentimentalmente llevar a comprender tal petición, formulada hoy en situaciones límites. La segunda es que en esta relativización de la vida humana se llega a situaciones absurdas como la petición del Dr. Bollen, profesor de la Facultad de Medicina de Maastricht, junto a otros colegas, de autorizar a que una persona en proceso de eutanasia pudiera donar in vivo sus órganos vitales -más frescos, vitales y eficaces para un trasplante-, según el Journal of Medicinal Ethics, lo que sin duda producirá en muchos una especial consideración de esa muerte debido al “carácter solidario y altruista del fallecido”.

Tampoco deja de ser llamativo el caso belga donde el preso Fran Van den Bleeken solicitó la eutanasia -ya que prefería la muerte a continuar encerrado en la cárcel- que inicialmente le concedió el médico aunque luego fue denegada. Ciertamente una creciente minusvaloración de la vida y de la dignidad humanas son resultados evidentes de las legislaciones eutanásicas.

Todo ello nos lleva a realizar las siguientes consideraciones y pronósticos:

1.- La eutanasia como antiderecho

Desde el punto de vista de la negación a un sistema ciudadano de acceso a los cuidados paliativos hay que decir con total claridad que supone la negación a ejercer la libertad del enfermo al que se le cierra, o limita mucho, la posibilidad de elegir. En términos actuales podemos decir que se trata de un antiderecho.

Obviamente, la limitación, cuando no carencia, de tratamientos que anulen el dolor, la angustia y el sufrimiento hace desear al enfermo su liberación lo que, sin duda, acrecienta el deseo de eutanasia. Mientras la realidad médica demuestra cada día la posibilidad de abolir el dolor y que los pacientes no quieren que se les maten sino, simplemente, se les libere del sufrimiento y del dolor.

De todas formas poco nos puede sorprender la posición gubernamental ya que la ley de eutanasia significa una ley coste cero (más bien de ahorro sanitario y pensional) y, además, junto a la república y a la llamada “memoria democrática” sirven para echar humo en la mala gestión sanitaria y económica del gobierno así como para tapar las diferencias entre los socios del mismo. Por otra parte, la pandemia ha evidenciado la desvalorización de los ancianos: más de 20.000 fallecidos, la mayoría de ellos encerrados en sus residencias y sin acceso a servicios médicos adecuados (lo que ya es una forma pasiva y no deseada de practicar la eutanasia). Al ritmo actual de los acontecimientos vamos a tener que añadir a las tradicionales causas de discriminación (raza, sexo, origen, religión…) la de la edad, señaladamente la ancianidad.

2.- Efectos de la aplicación de la eutanasia

A).- Desde un punto de vista sociológico.

Se va a incrementar progresivamente la presión ante el enfermo a fin de que acceda a la eutanasia en base fundamentalmente a argumentos de carácter utilitarista y económicos: costos médico-farmacéuticos, de dependencia, asistencia social y de pensiones muchas veces superiores a los salarios e ingresos de sus hijos o nietos mileuristas o parados.

B).- Perspectiva psicológica.

– De la familia: muchos a los que cueste atender (por trabajo, distancia, familia o carencia de medios) a sus mayores y, además, vean a estos sufrir -incluso pidiendo su muerte- enarbolarán la bandera de la compasión y de la liberación del sufrimiento por la muerte. Otros añadirán, además, de tan altruista visión la de su comodidad o de su estricto interés en heredar ahora y no esperar a mañana.

– Del enfermo: Contaminados por ese ambiente y por este nuevo “derecho” a la muerte el enfermo se verá asimismo como una carga pesada donde, cada día (salvo que se vea querido, cuidado y aceptado) tendrá una mayor conciencia de su inutilidad y de lo inadmisible de pedir a su familia y a la sociedad de que le mantengan cuando tantos otros problemas sociales hay. Su vida carecerá de sentido su puerta se cierra la de su muerte provocada se abre.

3.- El deslizamiento en las causas de la eutanasia

Se ha comenzado por la excepción para hacer una ley de carácter general para ello, entre otras cosas, se ha pasado del argumento del estricto respeto a la libertad de las personas (que ya hemos visto no existe sin cuidados paliativos), “mi vida es mía” al más aromatizado como progresista “derecho a la muerte”; es decir, el derecho a la extinción de todo tipo de derechos. Sin embargo, no se ha abandonado el recurso, aparentemente legitimador, de los casos más dramáticos, dolorosos, incurables; es decir, los más extremos y excepcionales y no al amplio espectro de personas a las que se les podrá aplicar esta ley. Recordemos, además, que se trata de una ley minoritaria en los países de nuestro entorno y del mundo entero, por algo será. La experiencia práctica -Holanda, Bélgica- demuestra cada día que aquellos gravísimos y excepcionales casos que inicialmente se invocaron para pedir la legalización de la eutanasia han trascendido hasta la plena banalización donde una mera depresión o la falta de interés por la vida constituyen causa suficiente para otorgar la eutanasia. Los cuidados paliativos desaparecen. La muerte al margen de la voluntad del paciente no constituye algo excepcional, se cuentan por centenares de personas. Las familias -al margen del interés sucesorio que pudieran tener- reducen su cuidado, acompañamiento y apoyo a sus enfermos. Los enfermos piensan que constituyen una carga, un costo, para sus familias y para el Estado que sólo con su muerte se pueden solventar. En fin, el hombre contra el hombre, al menos en España, por eso título estas líneas como “Sin Dios (lo que sucede lamentablemente ya hace un tiempo) y, ahora, sin el hombre.” Aunque tal vez sea más acertado decir ahora “Sin Dios y, ahora, el hombre contra el hombre”.

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